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DEVOCIONAL MARZO 31


Las relaciones no crecen a menos que intencionalmente se profundice en ellas.
Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Filipenses 3:10 (NVI)
Yo sé mucho de la Reina Elizabeth II. Sé que nació en 1926, que está casada con Felipe el Duque de Edimburgo y que este año estará celebrando 60 años en el trono. Aunque yo sé muchas cosas acerca de ella, si tú fueras un día a verla a Inglaterra y le dijeras “Charles Price le envía saludos,” ella te respondería, “¿quién es Charles Price?” porque ella no sabe que yo existo.

Mucha gente conoce a Cristo de una manera similar. Pueden recitarte el credo y mencionar muchas cosas que Él dijo. Conocen detalles históricos de Su nacimiento, vida, muerte, resurrección y ascensión a Su Padre. Podemos saber y creer todas estas cosas y no tener ninguna relación con Él. No se puede desarrollar una relación con Cristo sin que intencionalmente pasemos tiempo con Él, hablemos con Él, lo escuchemos, expongamos ante Él nuestros más íntimos pensamientos, temores y alegrías.

Es en “conocerlo,” dice Pablo, que conocemos el poder de Su resurrección y, esa vida resucitada nos equipa para “participar en sus sufrimientos, convirtiéndonos como Él, en su muerte”. Ser como Él en su muerte no es de ninguna manera contribuir en nuestra redención, sino ser como Él en Su obediencia que lo llevó a Su muerte –completa y sin cuestionamientos. No necesitamos la vida resucitada de Cristo para disfrutar una vida sin sufrimientos, pero la necesitamos para “participar en Sus sufrimientos.” A menudo, es así como realmente conocemos a Cristo. 
Señor, quiero tener algo más profundo contigo, abre Tus caminos para mí, aunque eso signifique compartir Tus sufrimientos.




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