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Devocional 22 de enero 2019



Moisés estaba saturado de Dios. Cuando vivió en casa de Faraón, se negó a ser llamado hijo de Faraón: “Escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:25-26).
No hay duda del toque de Dios en la vida de Moisés mientras estuvo en Egipto. Él sabía que había sido llamado para liberar a Israel; de hecho, asumió que los israelitas lo reconocerían como su libertador cuando mató al esclavo egipcio. Esteban testificó de esto: “[Él] hiriendo al egipcio, vengó al oprimido. Pero él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya” (Hechos 7:24-25).
En lugar de ello, Moisés tuvo que huir de Egipto debido a su acción. Para cuando se fue, estaba totalmente entregado a Dios, aunque no tenía idea de que estaba a punto de esconderse en la parte más aislada de un desierto durante cuarenta años.
¿Qué representa este período de desierto en la vida de Moisés? Es un tiempo que enfrentan muchos siervos llenos de Dios. Tú puedes ser uno de ellos, sintiendo que estás atrapado en un lugar muy por debajo de tus habilidades. Moisés era sólo un siervo. Él tenía un llamado poderoso en su vida y soñaba con hacer grandes obras para Dios, sin embargo, él estaba en un páramo sin futuro aparente.
Mientras que Moisés estaba convencido de que no tenía voz ni mensaje, Dios estaba trabajando entre bastidores. Un día, encendió un arbusto y desde ahí, le dijo: “Quítate los zapatos, Moisés. ¡Estás en tierra santa! Ahora estás a punto de ver grandes cosas en tu servicio a mí”.
Ese arbusto ardiente era el fuego del Espíritu Santo moviéndose a través de un objeto natural. Del mismo modo hoy, Dios quiere revelarte más de sí mismo para que los que te rodean se den cuenta: “Esa persona ha estado con Jesús”. Al buscarlo con una renovada intensidad, serás convertido en un hombre nuevo, una mujer nueva. Tal como sucedió con Moisés, tus mejores días aún están por venir.

Por David Wilkerson (1931-2011)


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